«NO Molestar»

A Clemen le sorprendió no haber notado el letrero de la casa gris, porque ella no pasaba por alto detalle alguno. Era de las más retiradas, junto con la suya y, aunque le daba pereza tener que caminar más que los otros niños para ir al parque, desde su descubrimiento, intrigada, procuraba pasar más cerca para darle emoción a sus largos recorridos.
Era muy amplia, tenía espacio para unos cuatro autos y una manchita de aceite en el piso indicaba que alguna vez estacionaron al menos uno, pero ahora había una reja de barrotes muy juntos con una puerta estrecha que apenas dejaría pasar a una persona, si es que alguna vez se abriera. Al lado se encontraba la rendija de un buzón y una portezuela que decía “Paquetes aquí” , y donde alguna vez hubo un timbre había una placa de metal lisa. Por entre los barrotes lograba verse un caminito de piedra muy mono que llevaba a la entrada. Al principio de éste se distinguía el letrero hecho a mano en una madera vieja que decía “NO Molestar”, con un no muy grande y la r chorreada, indicando que a quien lo hizo no le dio tiempo de secar la pintura. El cambio era muy notable respecto al lugar donde había estado el letrero anterior, que probablemente en otros tiempos llamaba mucho la atención. Nadie a quien le preguntara se acordaba qué decía antes; es más, ni siquiera se acordaban de que había una casa ahí. De repente sacaba el tema con sus compañeros de juego y vecinos, aunque de ellos no obtenía mucha información y se aburrían pronto.
—Dicen que ahí vivía un científico loco, hacía experimentos con gente.
—Esa casa está abandonada.
—Pero cómo va a estar abandonada si está muy limpia con el pasto cortado —contestaba Clemen.
—Está embrujada, se aparece una señora en las noches.
—Sí, es que el que vivía ahí mató a su esposa.
—Lo que se aparece es un demonio.
—Pues no tiene pinta de embrujada —se convencía Clemen.
Y con eso último en mente, cuando pasó cerca de ella, sintió un viento frío en la nuca y corrió directamente a su casa. La evitó una semana entera.
Hasta que la curiosidad volvió y así sus recorridos habituales. Y era tanta su intriga que se quedó un buen rato viendo la reja, y hasta decidió asomarse en el buzón. Había un paquete. Se emocionó como si fuera para ella. Luego se asomó por la rejilla de las cartas y vio varias acumuladas. Decidió quedarse por los alrededores por si alguien salía a recoger aquello. Contó las florecillas amarillas salvajes que crecían en la banqueta. Cortó algunas. Recogió piedritas de los alrededores. Hizo una torre con ellas. Siguió un camino de hormigas y tapó la entrada a su hormiguero. Esperó a que lo reabrieran. Practicó su silbido. Pasaron horas y nada. Volvió a casa muy decepcionada.
Al día siguiente se asomó de nuevo. El paquete y las cartas seguían ahí. Pensó en quedarse otra vez pero también se preguntó: ¿Y qué hago si sale alguien y me ve?
Un impulso la hizo meter la mano y alcanzó a sentir el paquete, aunque la puerta estaba pesada y el mecanismo aseguraba no poder abrirla de más como para sacarlo. Se conformó con sentir lo que alcanzara. Era un sobre muy gordo, lo de adentro parecía firme y rectangular. Sintió que la observaban. Sacó la mano rápido, la puerta cerró con estruendo y corrió.
Cuando volvió después, todo seguía igual. Se sintió aliviada de que su impertinencia no hubiera llamado la atención de nadie. Y pasaron otros dos días más hasta que encontró aquello vacío. La intriga aumentaba, ¿quién se esperaba tanto para recoger un paquete? En su casa hasta se peleaban por abrirlos.
Se puso a buscar otras maneras de inspeccionar la casa. Desde la suya intentó todas las ventanas, pero la única que dejaba ver algo más que solo pared o reja era la del baño y tenía que subirse por el lavabo, equilibrándose de puntitas. Alcanzaba a ver un jardín, una mesita, sillas de metal y algunos adornos, pero nunca vio a nadie.
Un día lo notó. Había una parte sin reja que tenía una fila de arbustos por la que tal vez pudiera pasar, y estaba muy cerca del final de su barda, solo tenía que recorrer un par de metros.
Rodeó su casa y comprobó el descubrimiento. Ya de cerca, analizó cada arbusto. Ajá. Cerca de una orilla había uno más flaco que el resto y podría pasar por debajo si cortaba algunas ramas. Planeó su estrategia.
Con unas tijeras Barrilito, una bolsa donde empacó agua y unos pingüinos Marinela estaba equipada para su expedición. Por dentro sentía algo de culpa de que existiera la posibilidad de entrar en una casa ajena, pero explorar ese terreno intrigante y desconocido diluía cualquier duda.
Fue fácil, y ni siquiera cortó ramas, solo pasó con cuidado pegada al suelo. Una vez dentro, exploró todo el jardín, pero lo hizo de cuclillas por si alguien se asomaba. Llegó a la puerta y se asomó por una de las varias ventanas que abarcaban casi toda la pared. Entraba mucha luz, y alcanzó a ver un comedor y un poco de la cocina. Casi todo era de madera, con acentos de varios colores, principalmente verdes. Se veía de otra época, con sillas y mesas muy robustas, muchas cosas por donde quiera que se viera. Esto solo acució sus ganas de entrar. Y lo logró sin esfuerzo. La puerta estaba abierta.
Su corazón amenazaba con estallar de lo fuerte que palpitaba, pero reunió valor y puso un pie dentro, luego otro, el cuerpo entero. Decidió que en esta visita solo examinaría la cocina y comedor, y con eso tendría suficiente, porque pasaron cerca de dos horas en lo que repasó cada cosa que encontró. Había una colección de cucharitas, muchos imanes de distintas partes del mundo, tazas en variedad de formas y colores. Había dos en el fregadero y otras tres secándose. Un montón de infusiones y tés, algunos hacían que le picara la nariz. El refrigerador tenía poca comida, pero nada echado a perder. Definitivamente alguien vivía ahí, pero no sintió presencia alguna en todo ese tiempo. Se fue satisfecha.
Así se hizo costumbre visitar esa casa. Ya casi no salía a jugar, y aunque la fueran a buscar tenía excusas, porque prefería ir a la casa-museo como ahora la llamaba.
—¿Por qué ya no sales como antes, Clemen?
—Ando muy ocupada con el colegio.
—Y para qué quieres que salga, si ni nos pela.
—Seguramente anda enamorada, eso dice mi mamá de mi hermana que anda toda ida y tonta, ni comer quiere.
—Ni enamorada, ni tonta. Tengo muchas cosas que hacer —les contestaba ya enojada y cerraba la puerta.
Y es que en cada vuelta descubría una colección nueva o alguna maravilla. Toda novedad se quedaba en su mente por días y le emocionaba volver y pasar el mayor tiempo posible. Al principio entraba con mucha cautela, pero cada vez agarraba más confianza y ya se hacía en su segundo hogar.
Las pistas de quienes vivían o alguna vez vivieron ahí se acumulaban en un rompecabezas que no sabía ni por dónde empezar a armar. Se imaginaba de todo, aunque principalmente que alguna vez vivió ahí una pareja de aventureros que viajaron por todo el mundo y se llenaron de tesoros con los que ahora ella jugaba. Por ejemplo, lo que encontró en uno de los cuartos: baúles con ropa de mujer y hombre, piezas que no dudó en probarse para participar en sus cuentos de fantasía. Hasta se regresaba con algún accesorio para seguir jugando en casa, eso sí, como no era ratera, siempre regresaba lo que tomaba.
Todo era risas y diversión, hasta el día que encontró una puerta. De metal, fría y pesada. No era fácil de ver, se perdía en la pared. Se preparó para un rechinido, pero no hubo ruido alguno. La apartó y encontró una escalera hacia abajo. Había tan poca luz que para bajar se agarraba de la pared. Mientras palpaba el tapiz, rozó una especie de piel. Ya casi había descendido por completo, y limitó su sorpresa a agarrarse las manos contra el pecho y seguir.
Había un pasillo lleno de cosas muy raras que no pudo explicar, taxidermia y pieles, pero no todas parecían de animales, eran otra cosa. Siguió y entró en un cuarto repleto de cachivaches, tubos de ensayo, enciclopedias, libros oscuros, piezas y partes de algunos seres tan extraños que no parecían de este mundo.
Vio algunas computadoras, unas de modelos tan viejos que evidentemente no conocía. Y entre todo eso, en un lado del cuarto había un ánfora con la leyenda “Mi amada Clemencia”. Clemen la miró con tanta sorpresa de encontrar su nombre ahí mismo que por poco pasó por alto el montón de fotos a un lado de ésta. Pero todas cortadas. Solo se veía a una mujer, en varias sosteniendo algunos peces, pero la verdadera incógnita era por qué estaban cortadas, solo veía un pedazo de la otra persona. Una carta, manchada y arrugada, como cuando una hoja se moja. Con poca luz y forzando mucho la vista, logró distinguir algunas letras:
yo solo pido Clemencia
solo pido a Clemencia
todo es mi culpa
la muerte
Mi y amada esposa,
lo único que quiero
seguir lo que empezamos
la cura.
ya no estás.
-J
Un ruido la desconcertó, otra puerta se abrió e inundó todo con una luz tan brillante que la cegó. Su instinto le indicó correr, y así lo hizo, pero estaba tan desorientada que se topó con una bola metálica sostenida en una plataforma, que inmediatamente cayó haciendo todo tipo de estruendo al chocar contra cada objeto a su paso. Una figura muy alta, como clóset, y una cara desfigurada, se le acercó. Es el demonio, el que mató a su esposa, y sigo yo, pensó Clemen y echó a llorar.
—¿Qué haces, Clemencia? Tu escándalo no me deja leer en paz.
De su boca solo salió un grito ahogado y corrió de regreso por donde llegó. Subió de dos, hasta de tres escalones. Nunca había corrido tan rápido. Pero al llegar a la puerta del patio, ésta no se abrió

Stefany GG © Diciembre, 2021

Aparece en la antología «En este pueblo» de Escritores que nadie lee.

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